Cuentos y Textos que fui escribiendo a lo largo del camino

martes 3 de junio de 2008

La ciudad de la Vida

La ciudad de la Vida

De un viajero escuché acerca de la mágica ciudad de La Vida. Allí todos encontraban aquello que buscaban, todos alcanzaban lo que deseaban. Aprendí de los peregrinos cuanto pude acerca de ella y un día dejé la casa de mis padres para buscarla.

No fue difícil, mi familia conocía ciertas rutas y tenían contactos que me guiaron hasta la grandiosa ciudad de La Vida. Sus murallas tupidas de plantas y enredaderas invitaban a los caminantes a internarse en sus calles arboladas y concurridas.

Me ubiqué sin mayores problemas en una pequeña pensión en el centro de la ciudad, cerca de los concurridos teatros y librerías, donde el arte parecía fluir hacia todos los corazones, de variadas formas y sabores.

Al tiempo conseguí un digno trabajo. Todos sabíamos que no era una tarea que me gustase, mas la realizaba de la mejor manera posible. Debo decirte también que en esos días, no sabía exactamente cual sería aquella tarea que me dejaría satisfecho.

Y cuando ya me estaba acostumbrando al ritmo calmo de lo conocido, me enteré que había otra ciudad más fastuosa y gloriosa, a la cual llamaban La Riqueza. Todos en la ciudad de la Vida sabían acerca de ella. Muchas personas opinaban que para llegar, se debía primero encontrar el puente del Mérito. Bien, no te comentaré cuan difícil fue hallar el dichoso puente, pues todos indicaban direcciones y caminos donde seguro lo hallaría. Quizá, pensé, exista más de un puente. Y aunque este punto jamás lo verifiqué, no veo porque no pueda ser posible.

Aunque las pistas nunca fueron muy claras intenté una y otra vez, con todas mis fuerzas hallar el puente. Y cuando ya daba por frustrados mis intentos, solo por casualidad alcancé el antiguo cause de un rió seco. Allí, un antiguo puente de maderas y piedras descansaba escondido tras un pastizal. Un cartel pisoteado y cubierto por el polvo del camino, tenía escrito Puente del Mérito con letras antiquísimas.

Crucé sintiendo mi alma temblar ante la aventura que se abría recién entonces, a mi ojos. Más me encontré exhausto en el valle del Esfuerzo, en un fresco mediodía de invierno.

Un hombre a caballo cruzaba el valle con rumbo al puente. Al acercarse lo saludé con amabilidad pues quería preguntar por el camino a La Riqueza. Pero él preguntó primero -¿Hacia donde va un joven como Usted, por estas tierras que son una furia? –

-Busco la ciudad de la Riqueza- dije entusiasmado, sin prestar atención a sus palabras.

-Al final del valle encontrará el río del Éxito. Cruzándolo llegará a las montañas del Ascenso. En el centro mismo de la cadena montañosa, está la ciudad de La Riqueza- Pronunció con sequedad. Apeó el caballo y concluyó -Tenga cuidado de no morir en el intento- y cruzó el puente, desapareciendo tras el pastizal.

Si había peligros quería descubrirlos, no sabía aun si enfrentarlos, pero de seguro conocerlos. Así entonces me interné en el valle con sus matas de yuyos y sus árboles frondosos, repletos de animales carnívoros y ponzoñosos.

Conocí a un anciano en el camino quien me enseñó que si estudiaba a los animales por un tiempo suficiente, sin meterme en sus territorios, podía comprender como se comportaban y lograr pasar por sus tierras sin que ellos me ataquen.

Al finalizar la primavera, llegué a la vera del río del Éxito. Me senté a contemplarlo, pues no solo con los animales, parecía funcionar la técnica. Por momentos era rápido y frondoso y luego lento y calmado, casi inerte, en suspensión. Había remolinos que emergían con furia de las profundidades. Aparecían troncos retorciéndose con los cambios de corrientes, algunos eran tragados y no volvían a emerger. Por más que observé y observé la corriente, nada me hizo comprender su pulso. Así que una buena mañana me lancé, pero me rebotó y apenas pude salvar mi vida. Lo intenté un par de veces más y siempre con lamentables y dolorosos resultados.

Hasta que una mañana, cuando completamente frustrado desistí de volver a intentarlo, vi en la otra orilla del río, un personaje acercarse con intención de cruzar. Y no lo podrás creer, como yo en esos días, pero aquel hombre caminó sobre sus aguas y ellas no se agitaron a su paso. También parecía como si viniese bailando más que esquivando remansos y remolinos. Ante mis ojos desorbitados y mi boca abierta, en minutos estuvo en mi orilla. Al verme se acercó saludando con alegría.

-¿Cómo lo has hecho? - Pregunté. El hombre pensó un momento contemplándome profundamente, luego miró el río y volvió a mirarme. Sonriendo con amabilidad contestó -Con mucha atención-

-Pero el agua, los remansos, la corriente, los remolinos, parecían no afectarle-

-Hay que aprender a ver la corriente- dijo haciéndome un guiño.

-¿Viene de la ciudad de la Riqueza? -

-Si, esa es mi ciudad amigo. Es aquella ciudad pasando todas las montañas- señaló hacia el cordón montañoso del otro lado del río.

-¿La ciudad de la Riqueza, las más esplendorosa ciudad que el hombre jamás ha conocido, donde todos son ricos y viven felices en medio del arte y la belleza?- Dije con entusiasmo.

-Ah, esa ciudad está en el centro del cordón montañoso. Pero no es mi ciudad-

-¿Y como dices que se llama tu ciudad? -

-Riqueza- Y sin decir mas, se despidió con una sonrisa y continuó su camino sin escuchar mis preguntas, internándose en el valle.

Otros días pasaron y otros personajes llegaron desde el valle, buscando la misma ciudad que yo. Confraternizamos y nos dispusimos a estudiar con más fervor el asunto de las corrientes.

Hasta que nos lanzamos pero de la experiencia solo dos sobrevivimos. El otro decidió regresar. Yo veía las montañas tan cercanas, tan al alcance de mis manos, que no quería aflojar. Así que me quedé en la vera del río del Éxito, intentando encontrar una solución.

Y un buen día me largué a cruzar en el momento en que el sol comenzaba a salir por el horizonte y sus primeros rayos clareaban el pastizal y las aguas. Seguí los remansos, nadaba solo para salirme de uno y entrar en otro. Di tantas vueltas que no sabría decirte cuantas, hasta que lograba salirme de un remanso y colarme en otro. Y así, al atardecer, llegué a la otra orilla, jadeante y con los pulmones a punto de estallar. Luego de tomar aliento continué por el camino del Ascenso.

Ya desde el camino de las montañas se podían ver los brillos y las luces de la Ciudad resguardada por las montañas con ríos de deshielo internos.

Me presenté a la puerta y un guardia me salió a recibir. Cuando abrió la puerta una bella y graciosa melodía se filtró y me dieron ganas de entrar y descubrir la dicha de La Riqueza.

Se firmaron los papales legales y cuando las puertas al fin se abrieron me encontré en un amplio hall de acceso con pisos de mármol y grandes obras de arte en las paredes.

Había unas personas sentadas en unos sillones de pana, con expresiones cansadas. Me miraron entrar y ni siquiera saludaron, continuando con su rutina de escarbarse los dientes.

Una vez que me despegué del guardia empecé a recorrer los palacios. Todo el lujo de las paredes, los pisos y las obras de arte eran un espectáculo increíblemente bello y voluptuoso, tanto, que pasé días en uno y otro lado, apreciando detenidamente cada cosa.

Luego de muchos meses de andar, una mañana me sentí cansado y me senté en un asiento a limpiarme los dientes por la francachela que me di. Dormí y tuve un sueño, todos estábamos aburridos y apáticos, solos, drogados hasta reventar o idiotizados en alguna actividad superflua, como cortar maderas con serrucho y luego volverlas a pegar. No se cuantos días estuve allí, deambulando por sus calles sin saber que hacer, aburrido y perdido, desamparado, sumergido en una nebulosa abrumadora.

Cuando quise abandonar la ciudad recordé las palabras del hombre del río. Antes de regresar a mis tierras decidí dar un vistazo por detrás de las montañas para descubrir si había otra ciudad llamada Riqueza.

Crucé las montañas y luego algunos peñascos y llegué a una pequeña aldea, de la cual se veían las columnas de humo de sus fogatas. Me acerqué y todos me recibieron con alegría y felicidad. Me sentaron a sus mesas y me cedieron sus platos. Cantamos y bailé con sus hijas esa noche bajo la luz de la luna. Reímos y contamos anécdotas de viajes y ciudades. También me cedieron sus camas y sus ropas de abrigo, pues a la noche, el viento del sur pegaba frió.

Me quedé y encontré una rutina tranquila: por la mañana trabajaba en cualquier cosa que se necesitase y por la tarde enseñaba, mientras que en las noches disfrutaba. Y así, una mañana desperté en brazos de una mujer, quien sería mi compañera y madre de mis hijos.

Y desde ese día, jamás me volví a ir. Por eso hijo mío, si algún día oyes hablar de la ciudad de la Vida, quiero que sepas que existe. Ve a buscarla porque en ella encontrarás muchas más cosas de las que puedo contarte y de las que puedes imaginar.