La Máscara
El desfile de parejas pasaba frente a los altos y grandes espejos del salón de baile del Palacio. Todos los invitados se acomodaban las ropas y se arreglaban las máscaras, luego saludaban hacia los altos tronos del Rey y la Reina, e ingresaban con pasos pomposos.
El baile de máscaras que todos los años se realizaba en Palacio tenía un único objetivo expuesto: Festejar la llegada de la primavera, el florecimiento de la vida y del amor. Y un sin fin de objetivos velados: contactos, negocios, pavonearse, mostrar al mundo lo que se poseía.
Personajes de todas partes del Reino se daban cita esa noche, con las máscaras más extrañas y las ropas más exquisitas de todo el mundo conocido. Vociferaban sus éxitos o comentaban por lo bajo las críticas, bebían y bailaban, comían y parloteaban. Todos detrás de sus máscaras, rieron con “La compañía de bufones del reino”, quienes amenizaron la velada entre los diferentes platos de delicias.
Por eso nadie vio al Hombre y la Mujer que atravesaban las grandes puertas de acceso al salón, vestidos desde la cabeza hasta los pies, con oscuras y largas túnicas monásticas. La pareja no se detuvo en los espejos ni un solo segundo y fue entonces cuando la gente empezó a darse cuenta que la túnica tapaba sus rostros. Además, como no saludaban a nadie, la gente pensó que nadie los conocía.
Al principio los miraron con desdén buscando los pequeños agujeritos de los ojos, escondidos tras sus propias máscaras. Así la pareja llegó hasta la mitad de la sala mientras la gente se apartó confundida al principio, y luego con temor.
La pareja se detuvo en la mitad de la sala. El Hombre habló –Vosotros no sois sus máscaras. Vosotros no sabéis quien sois. Pero hoy descubrirán sus verdaderos rostros–
El Rey se levantó al escuchar estas palabras y sus guardias también.
– ¿Quien eres? –preguntó el Soberano con curiosidad, en el silencio generalizado.
–Nadie– exclamó el Hombre.
Y la Mujer continuó –Hasta incluso usted es solo la máscara del Rey. Nadie puede saber que persigue con eso. Todos en esta sala, con sus discursos sobre tantas cosas, los convierten en absurdos vivientes. Son árboles sin raíces–
–Muertos que persiguen a sus asesinos, y al final descubren que son vosotros mismos– Sentenció el Hombre.
El Jefe de la Guardia bramó – ¿Qué buscáis? –
–Que en esta noche de primavera, os saquéis sus máscaras. Y veamos quien está realmente vivo– Proclamó el Hombre descubriéndose completamente, al igual que su mujer. Tendrían unos 30 años, y la mujer estaba embarazada de unos 9 meses. Se diría que su bebe debería nacer esa noche, o la mañana siguiente.
El Hechicero del Rey exclamó – ¡No mi Soberano, no lo hagáis! han invocando a las fuerzas más elevadas–
–Explícate– dijo el Rey bajando de su tarima, acercándose hasta la pareja desnuda.
–Señor mío, el festejo de esta noche invoca a todos los dioses menores y superiores, hasta incluso al Único y Total, Bendito Sea, quien está por sobre todas las cosas. Desde siempre, ellos se reúnen a juzgarnos en estos días. Por cierto, la costumbre de tomarlos como días de recogimiento y arrepentimiento, han quedado en los anales del tiempo–
– ¿Y que sucederá si nos quitamos las máscaras? – Exclamó la Reina, quien también se había acercado a la pareja observando con curiosidad su desnudez.
–Pues verán, según nuestros antiguos textos, bases muy inciertas por cierto, nos dicen que luego de la invocación que esta joven familia ha pronunciado, nuestras máscaras caerán y… y solo permanecerán los que estén despiertos, o despertando, mi Señor–
– ¿Es que acaso no estamos despiertos? – preguntó el Jefe de la guardia desenvainando su espada, acto imitado por su tropa.
–Pero no todos somos conscientes de quienes somos…– explicó el Hechicero.
–Hechicero, sácate la máscara y veamos como es tu rostro verdadero– ordenó el Rey.
El Hechicero se sacó la máscara y desapareció dejándola caer al piso. El murmullo de horror fue general y todos se estremecieron, aterrados.
Un fuerte viento empezó a soplar dentro del palacio, el Rey, sujetando su máscara, viendo como muchos de los presentes empezaban a desparecer, se acercó a la muchacha y le rogó –Detenga esto por favor, por el amor a Dios, no continúe por favor–
–Será como deba ser– exclamó ella con compasión. La máscara del soberano cayó y desapareció.
En cuestión de minutos, la sala quedó solo con 23 personas, las cuales se reunieron en el centro de la sala, luego de despojarse de sus ropas. Algunos, al dejar caer sus máscaras, cambiaron de rostro, otros en cambio permanecieron con las mismas facciones rebosantes de alegría y luz.
Todos salieron fuera del palacio y allí mi madre me tuvo bajo las estrellas iluminadas apenas por las luces de la madrugada del día 0. Mi Padre me llamó Vida, mi Madre me llamó Amor.
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