Cuentos y Textos que fui escribiendo a lo largo del camino

viernes 16 de enero de 2009

Pozo Oscuro

Pozo Oscuro

Estoy acostado con los ojos cerrados y es como si estuviera en el fondo de un pozo oscuro. Abro mis ojos pero es igual. Todo está oscuro. Esos patéticos hombres piensan que algún día me pudriré aquí. No creo que les de el gusto.

Lo cierto es que un día dejé de importarles y se cansaron de venir a hacerme pruebas, extraerme sangre o inyectarme cosas. Ellos, hace como 40 años, pensaron que me atraparon y me encerraron en este lugar perdido, para liberar a la Humanidad del horror que yo represento. Pero se equivocaron, me dejé atrapar. Mis manos estaban rojas de sangre. Estaba cansado y confundido, necesitaba descansar.

Me siento en esta cama dura e intento desperezarme pero al igual que en los últimos 40 años, no puedo hacerlo del todo. Este lugar siempre me pareció muy chico. No como aquellos enormes salones donde hicieron ese circo que llamaron “Juicio” y decidieron, sin siquiera consultárselo a mis Mayores, declararme asesino, criminal y un peligro inminente para la sociedad. Yo solo me defendí, ellos me atraparon lejos de casa, pues siempre salgo a husmear movido por mi curiosidad.

Pero ya me aburrí de este encierro, necesito salir de aquí y volver a mis tierras. Además, de haber un peligro para alguna sociedad, son los hombrecitos vestidos de azul, de quienes hay que tener mas cuidado. Tienen armas peligrosas. Además mis pensamientos ya están claros y mis Mayores se alegrarán por ello. Seguro dirán –En hora buena muchacho– o algo por el estilo, como para darme ánimo.

Yo no quiero hacer pasar a los pequeños hombrecitos azules por este asunto de mi escape. Esto se va poner muy feo. Lo sé. Por eso vengo rogándoles los últimos 5 años que me dejen volver a mis tierras, a mis montañas en una pequeña isla del Pacífico. Pero ellos ya no me escuchan. Me parece que la nueva generación que tomó el control de este lugar, cree en cierta medida que soy una leyenda. Ya nadie viene a visitarme con extrañas preguntas sin sentido acerca de mi vida, de mis sentimientos, de mi forma de ver la realidad, de mis Mayores, de mi isla. No los entiendo. Aunque me esfuerce y luego me duela la cabeza, no logro entenderlos.

Me paro y debo encorvarme y bajar un poco la cabeza, el techo está encima mío. Justo antes de irme comprendo que no lo han hecho adrede. Los pequeños hombrecitos azules no tienen habitaciones más grandes. Los 40 años de incomodidad en este lugar me han hecho comprender mejor algunas cosas. De todas formas, esto ya no importa.

En la oscuridad estiro mis manos y dando un pequeño paso siento la puerta de acero firmemente amurada. De un golpe de mis puños cede y cae muy lejos, destrozando algunas puertas más, retorcidas al otro lado del pasillo.

Salgo del cuarto de aislamiento y al fin puedo erguirme completamente. Estiro mis miembros. Se siente cada vez mejor a pesar que la luz me ciega un poco. Entonces doy un paso y otro, apurándome lentamente. Se que del otro lado del pasillo habrá algún otro pasillo, y después alguna estancia, y quizás encrucijadas y desvíos. Pero en algún lado de esta húmeda cueva, está la salida y voy a encontrarla.

Avanzo. El polvo de los escombros se asienta y veo hombrecitos de azul apiñarse por montones del otro lado de unas puertas de rejas. Todos tienen sus armas en las manos. Escucho la voz de alto pero empiezo a correr hacia ellos. Todos disparan y el impacto de sus proyectiles me detiene unos segundos. Me levanto y sigo corriendo. Pequeños hombrecitos vestidos de azul con cascos y escudos, seguro que algunos de ellos pensaban que mi existencia era solo un mito. Menuda manera de conocernos, quizás podríamos haber tenido una linda charla, tomando alguna cerveza en un bar, pero no, aquí estoy tomándolo por los pies como un garrote y golpeando con él a sus compañeros a la par que me abro paso entre las balas que siguen pegándome.

Salgo del pasillo tirando rejas y puertas blindadas. Tiro el par de piernas que me han quedado en la mano y me resigno a pensar que todos ellos sean así, tan chiquitos… pero no debo retrasarme intentando encontrar pruebas. Debo volver a mis tierras y eso me hará retroceder.

Sigo avanzando haciendo volar soldaditos con mis manos. Alcanzo una caja de metal con puertas automáticas y recuerdo que en ella me bajaron de la superficie a esta gran jaula de máxima seguridad para criminales ultra peligrosos.

Llego al fin al exterior y me están esperando todos fuertemente armados. Pero me abro paso entre ellos saltando y corriendo. Pelear solo retrasará el retorno a mis tierras. Ya estoy fuera, soy libre, ahora quiero llegar a casa.

Corro y corro pero ellos están encima mío. Comprendo el cruel destino al que me arrastran estos hombres. Me detengo, si continuo los llevaré hasta mis Mayores. Si los pierdo, nos buscarán con ardiente fervor. No quiero volver a la celda. Es necesario pelear hasta terminar con esto.

Lucho con todas mis fuerzas pero descubro tarde, que me tendieron una trampa. Rodeado, dispararon juntos sus proyectiles sobre mí. Creo sentir por un momento como mi carne arde y se desvanece. Se pierde. Desaparece. Pienso que ese deseado momento solo destinados a unos pocos héroes entre los Nuestros, me ha llegado a mí. En ese instante no siento mi cuerpo ni mi aliento. Estoy seguro, he muerto. Pero luego, de alguna manera comprendo que su ataque coordinado se ha detenido y están esperando expectantes. Cuando se han arrimado lo suficiente salto sobre ellos y comienzo a hacerlos volar, mientras inútilmente continúan disparándome o hasta incluso, clavándome cosas.

¡Es que no comprenden estos hombres que Nosotros no podemos morir!

La batalla se prolonga durante horas hasta que agotados ceden terreno y se alejan diezmados, lentamente. Los muertos y la sangre riegan el campo. Es terrible lo que ha pasado aquí hoy. Mis manos están rojas de sangre, otra vez. Nada ha cambiado, excepto yo mismo. Esta vez regresaré a mis tierras. Esta vez no me dejaré llevar por la curiosidad.

Mientras los pequeños hombres que construyen sociedades de mentiras, todos vestidos de azul, se alejan, yo hago otro tanto. Así, nos perdemos mutuamente de vista. Cuando me siento a salvo, empiezo a correr hasta llegar a las costas del Pacífico.

Nado rumbo a mi isla. Los Mayores lo saben y me espera una calurosa bienvenida.