Transformación
Cuentan antiguos Maestros de la India que hace muchísimo tiempo, existió un pintor muy sensible de buen corazón, que buscaba retratar el Bien. Si lograba encontrar un modelo que lo manifestase, intentaría copiar al lienzo sus rasgos más íntimos, sus fibras más profundas.
El pintor surcó mares y océanos, recorrió valles, montañas, selvas y desiertos, pero nada encontró. Y así, cuando estuvo a punto de darse por vencido, en la ribera de un río, vio a un joven pastor. Se le acercó y al mirar su estirpe, cruzó el fuego de sus ojos mansos. Sintió en su corazón que era exactamente lo que buscaba. Su fe era recompensada, el bien existía.
Trabajó y trabajó en centenares de bocetos de cada parte de su futura obra. Las pilas de papeles se apiñaban en la pequeña cabaña de la familia del joven pastor. Y los montones de lápices se mezclaban con el aserrín y los lienzos. Hasta que una mañana, al caer el sol, concluyó su obra. Pagó lo acordado y retornó a sus tierras.
Las copias se vendieron y se exportaron a todas partes del mundo. Cuando los gobiernos y las religiones contemplaban, siquiera furtivamente el cuadro, sentían en sus corazones la profunda y noble humanidad del joven pastor. Algunos detallan que el éxito se vio influenciado por que ya en esos tiempos, ni con leyes se conseguía hacerle creer al pueblo que el bien existía sobre la tierra. Más allá de eso, el pueblo lo convirtió en un éxito rotundo. En las pinacotecas se amontonaban a buscar incluso falsificaciones. Según comentarios de la época, algunos críticos llegaron a escribir: Es la manifestación de Dios en la Tierra.
Nuestro pintor hizo fortuna y como un rey vivió durante algunas décadas. De vez en cuando continuó realizando algunos trabajos menores, nada de la altura de aquel, su primer retrato, el cual el mundo conoció como: Bondad. Aunque de vez en cuando rezongaba pues también le gustaban títulos como Humanidad, Piedad o hasta incluso Amor.
Y fue que la grandeza de su plástica era inversa a la sapiencia en los negocios de su ascienda y para cuando llegó su vejez, había perdido todos y cada uno de sus bienes. Así fue que se quedó solo en una pequeña finca de las afueras de una gran ciudad, asistido exclusivamente por su aprendiz.
Una noche de lluvia torrencial, enfrascado en sus bocetos, no advirtió la presencia de un hombre que había ingresado en su ascienda, intentando robarle.
El viejo pintor salió de su habitación y descubrió el cuerpo sin vida de su discípulo tirado en el piso. Aterrado, intentó escapar pero se encontró con el intruso empuñando con furia su cuchillo. Y otra vez su corazón quedó perplejo por la mirada de un ser humano. En el brillo apagado de los ojos del ladrón, hervía una hoguera perversa. El viejo pintor podía sentir el odio del asesino, su compulsión, su desenfrenó, su descontrol.
Tremendamente impresionado, le explicó al ladrón su plan de compartir las ganancias de una nueva obra. El viejo retrataría al asesino para completar la idea anterior y la titularía Maldad. Por un momento, el Asesino pareció desconcertado, pero luego aceptó.
El pintor, con fuerzas renovadas, inició lo que pensó, su última obra. No le mostró al asesino el cuadro la Bondad para que no se vea influenciado y comenzó a realizar bocetos. Con el tiempo y el trabajo arduo del pintor, el ladrón fue comentando algunos episodios de su vida, oscura y terrible. Asesinatos, extorsiones, violaciones, perversiones, que hacían ver la muerte del joven aprendiz como un juego de niñas tontas.
Y así, un vínculo de comunicación se abrió entre los dos, uno con las formas y los colores, el otro con las palabras y los sinsabores. Luego de varias semanas de labor el pintor terminó su obra, llamó al ladrón y expuso juntos los dos lienzos.
-Bien amigo mío, míralas, esta es Bondad, míralas juntas y dime que sientes- dijo el viejo pintor con tono satisfecho y consagrado.
Luego de unos segundos de silencio, el Asesino preguntó con algo extraño en su voz -¿Aun no te has dado cuenta? –
-Son hermosos ¿verdad?, ¡realmente!, aunque también pavorosos- comentó el pintor sin percatar nada -¿Tu que piensas? - Preguntó compenetrado en la contemplación.
El criminal empezó a reír. El pintor confundido, preguntó -¿Qué te pasa?, ¿qué tienes?- Recién entonces, por primera vez, el viejo pensó que su vida podía correr peligro.
El delincuente gruñó -¡Sombrío espejo de mi alma!-
-No te comprendo...- dijo el viejo con su mejor tono de voz.
-Triste reflejo de mi condena- y en el rostro del terrible asesino, se dibujaron profundas líneas del dolor y rompió en llanto. Tomó aire dándose valor y aulló -¡diabólica transformación!... ¡Como me perdí!, ¡Oh, alma mía, ten piedad de mi!-
-¿Te he ofendido? - Preguntó el viejo pintor, completamente confundido.
El condenado levantó su rostro desfigurado por las lágrimas y señalando con sus manos los cuadros, dijo -El joven del cuadro Bondad también soy yo-
Hay varios finales posibles para esta historia. Por ejemplo para algunos, el criminal mató al anciano y se robó las dos obras que luego las perdió. Motivo por el cual las obras no existen hoy día.
Otros piensan que en realidad el viejo logró contener al temible asesino convertido en un niño desamparado. Fue tal el éxito de los cuadros, que explica porque las imágenes de Dioses y Demonios en todas las creencias, tienen una base semiótica común que las liga de manera indisoluble. Las diferencias estarían dadas simplemente por ritos y factores locales. Este grupo asegura que los originales se perdieron en las arenas del tiempo.
Un círculo restringido, en cambio, sostiene que una logia secreta de la India tiene los originales. Parece que la simple observación directa, despierta en los seres humanos, de acuerdo a su estado, la bondad o la maldad. Para esta logia, en el origen de los tiempos, Shiva y Brahma jugando entre los mortales, se encontraron con un hombre de gran sensibilidad que pudo verlos. Se dejaron pintar y así nacieron los lienzos. Según cuentan los iniciados en los misterios de la logia, el hecho de que estas pinturas han perdido sus rasgos primigenios por el paso inexorable del tiempo, no parece cambiar en nada su efecto en los mortales.
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