Cuentos y Textos que fui escribiendo a lo largo del camino

viernes 19 de octubre de 2007

El Hijo del Fuego

1.
En el centro del bosque en llamas, el muchacho se encontró encerrado y sin salida. Su presa, el temible Hijo del Fuego, se había burlado nuevamente, desapareciendo y dejándolo en un grave aprieto. Si bien, momentos mas tarde el muchacho logró salir por sus propios medios, igualmente se sintió frustrado.
El muchacho entró en su casa buscando a su Padre. Lo encontró en el salón y habló así –No podemos permitir que ese terrible ser ande por nuestras tierras quemando las plantaciones, los ganados, las casas, ¡nuestras familias!– una lágrima rodó por su mejilla al recordar las cenizas irreconocibles de la familia de su Tío. Tomó aire para contener las lágrimas y exclamó con exaltación –Debemos terminar con esto de una vez–
El Padre lo contempló largamente reflexionando las palabras adecuadas. Al fin, dijo con pesar –Hijo mío, nada podemos hacer, debes aceptarlo–
El Hijo buceó profundamente en la mirada de su Padre, como quien busca un tesoro hundido –Padre mío, ¡No entiendo como puedes estar tan tranquilo!–.
–Soy más viejo. El tiempo me ha enseñado, sin que lo quisiera, a tener paciencia–
–Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados mientras sigue quemando nuestras vidas– dijo implorando el joven, con el ímpetu puro de aquellos que aun no han recorrido el mundo.
– ¡Es el Hijo del Fuego!, ¿Qué pretendes hacer, echarle agua? – preguntó el Padre incluso con su mirada.
–Si es la forma de detenerlo, lo haré– respondió el Hijo, incluso con su cuerpo.
–Mira hijo mío, el Fuego habita entre nosotros desde tiempos inmemoriales. Incluso es más viejo que la Humanidad misma. De vez en cuando del Fuego nace un Hombre, a quien hemos llamado El Hijo del Fuego, solo por llamarlo de alguna manera. Debes saber hijo mío que será un hombre particular lo que encuentres– concluyó el Padre.
– ¿Qué será? –
–Intentará consumirte, devorarte, convertirte en cenizas para luego, seguir ardiendo en ti, en brazas que nunca se apagarán. Verás hijo mío, ese es el origen de las brazas que alumbran nuestros santuarios, plazas y parques. Su arder eterno son las cenizas de antiguos héroes que han intentando detener al Hijo del Fuego–
– ¿Cómo se lo detiene? –
–Nadie lo sabe–
– ¿Alguien habló con él alguna vez?- el Padre negó con la cabeza.
– ¿Alguien ha sobrevivido a él?- el Padre volvió a negar.
–Pues intentaré detenerlo–
–Hijo mío ¿Quién gobernará este Reino si algo te sucede?, deja que enviemos nuestros mejores hombres, ellos podrán hacer algo. Deja ya tu cacería, puede que no retornes–
–Pues aquí me quedaré parado, Rey mío, hasta que me autorices a partir– concluyó el Príncipe y se mantuvo firme en la sala durante 7 días y 7 noches. Incluso a pedido del Rey y la Reina se convocó a los Sabios y Santos para intentar disuadirlo. Pero nada dio resultado. Así, al amanecer del octavo día, el Rey llegó al encuentro del Príncipe. Poniendo la mano derecha en su hombro derecho, con lágrimas en los ojos, dijo –Eres un gran Hombre hijo mío– una sonrisa pareció intentar expresarse en el rostro del Rey. Continuó –Ve a buscar al Hijo del Fuego y que los Dioses te protejan–
La Reina agregó con ternura de madre –Pero antes hijo mío, recobra energías, duras y largas jornadas te esperan–

2.
El Príncipe salió rumbo a lo desconocido. Tenía en su semblante la profunda alegría de quien sabe que está haciendo historia. En el camino los pobladores le informaron que habían divisado humo río arriba, cerca del antiguo Santuario. Creyendo estar a un día de camino, corrió con su caballo bordeando la costa contra la corriente. Con cada galope la columna de humo se hacia mas grande. Y quizá fue solo un error de óptica, o un mal recuerdo de las distancias al viejo Santuario, pero lo cierto es que cabalgó durante 20 días y no alcanzó el Santuario. El río nunca terminaba y sus costas de arenas y árboles, sus recodos y pequeñas bahías, se repetían sin pausa.
“Quizás todo esto es un truco del Hijo del Fuego” pensó el Príncipe mientras bebía agua en la rivera y cargaba las cantimploras.

El Rey, al décimo día de no haber recibido noticias de sus agentes acerca de su Hijo, salió en su búsqueda, encabezando un grupo de 9 agentes. A todo galope tardaron solo 3 días en llegar al último punto donde se vio al Príncipe, y desde allí, bordearon el río rumbo a la columna de humo que alimentaba una gruesa nube negra.

En el día 21, el Príncipe llegó al fin hasta un pequeño muelle de madera, donde había dos canoas unipersonales. Dejó su caballo y subió al bote, remando en dirección al muelle de la costa vecina. Antes de cruzar siquiera la mitad del río, el Príncipe vio atónito, como un hombre caminaba sobre las aguas, haciéndolas hervir a su paso. Al acercarse un poco más, pudo ver como sus ojos eran cuencas vacías y negras, de una profundidad que se le antojaba abismal. Aterrado descubrió que el hombre desplegó unas alas rojas de fuego a sus espaldas, evaporando el agua en derredor, cubriendo el área de una humedad caliente y pegajosa.
La canoa se prendió fuego y tuvo que saltar al agua que estaba a temperaturas altísimas. El Hijo del Fuego, suspendido en el medio de un cráter de agua hirviendo se movía hacia el Príncipe. Y como pronto lo alcanzaría, empezó a nadar a toda velocidad hacia las costas del Santuario. En tanto metía su cabeza y la sacaba en cada braceo, escuchaba unos sonidos graves y guturales que no alcanzaba a entender. Sintió curiosidad y se detuvo para intentar oír mejor. Flotaba contemplando al Hijo del Fuego avanzar hacia él señalándole mientras hablaba una lengua incomprensible. Aterrado retrocedió y apuró el nado.
Cuando llegó a las costas del Santuario el Príncipe vio al Hijo del Fuego venir caminando por las aguas con paso tranquilo y continuo. El Príncipe, aterrado, empezó a correr entrando en la playa rumbo al Santuario, o lo que quedaba de él, pues ahora veía que la columna de humo lo cubría completamente.

3.
El Rey y sus hombres llegaron a las costas y vieron los 4 caballos amarrados a un árbol. En la costa vecina, se elevaba una montaña de humo hacia el cielo, y se divisaba un sendero de fuego internándose entre los árboles, con rumbo al Santuario. Descendieron de los caballos y vieron la única canoa que quedaba en el muelle.

El Príncipe corría enloquecido sin mirar atrás. Convencido que el agua no acabaría con el Hijo del Fuego, descubrió atónito, que estaba solo, frente al Santuario en ruinas, sumergido en llamas. A sus espaldas sintió una fuerza que lo atraía y descubrió que el Hijo del Fuego estaba llegando. Aterrado se internó entre las ruinas intentando que el fuego o los pedazos de mampostería no lo atrapen.
Alcanzó una parte de la construcción en la cual no pudo seguir avanzando y se encontró nuevamente entre las llamas. Quiso retroceder pero el Hijo del Fuego, con sus alas completamente desplegadas y encendidas, cortaba el camino.

El Rey subió en la canoa y desesperado cruzó el río. Sus hombres lo siguieron a nado, por lo cual llegarían más tarde. Así, cuando el Rey alcanzó la costa vecina, se internó corriendo en la playa rumbo al Santuario, perdiéndose de la vista de sus hombres.

El Hijo del Fuego acorraló al Príncipe y de alguna manera había logrado que el joven empiece a entender lo que intentaba explicarle. Al cabo de unos momentos de escuchar el sonido gutural y rítmico, el Príncipe negó con su cabeza con una mezcla de confusión y espanto. Entonces sucedió. El Príncipe contempló directamente al Hijo del Fuego y su mirada oscura y profunda creció y lo tragó todo. El Príncipe cayó como una hoja movida por el viento, en un abismo oscuro de infinitas dimensiones.

4.
Al llegar el Rey por el sendero de fuego que se internaba desde la Playa, se acercó hasta al Príncipe y sonrió afablemente, extendiendo sus brazos como cualquier Padre lo haría. El joven estaba parado en medio del fuego sin ser devorado por el. Estaba quieto con su mirada perdida en algún punto lejano, en el sendero de fuego que lo había llevado hasta allí. Sus ojos eran cuencas vacías y negras de una profundidad abismal. En sus espaldas había dos alas de fuego completamente desplegadas, avivando piras, en las ruinas del Santuario.
– ¿Dime Padre mío que pasa?, ¿Qué Soy?, ¿En que me he convertido?– dijo el Príncipe en la lengua gutural y rítmica. Sus alas se tornaron de un rojo intenso y se agitaron, reavivando las llamas ahogadas del Santuario.
– Eres una parte de mí que ha despertado, ahora me puedes ver. Ahora puedes volver– respondió el Rey con clara y profunda alegría, en la misma lengua. El Rey no volvió hablar y sus ojos se volvieron vacíos y negros. Luego un fuego verde salió de su cuerpo envolviendo todo a su alrededor, disolviendo las formas, consumiendo el espacio. Alcanzó a su propio hijo y a los 9 agentes que llegaron corriendo a la escena.

Cuando los emisarios de la Reina llegaron a las ruinas del Santuario, encontraron las cenizas ardiendo del Príncipe, el cuerpo quemado del Rey y la confirmación de que los 9 agentes habían muerto en el mismo incendio.
Las cenizas del Príncipe alumbrarían el ingreso del nuevo Santuario y si bien cambiaría la dinastía por falta de sucesión, el joven sería conocido, paradójicamente, como quien detuvo al Hijo del Fuego. Y es paradójico pues nadie sabría nunca que en realidad, esas brazas de arder eterno eran las cenizas de un Hombre nacido del Fuego que había conocido, otra vez, a su verdadero y único Padre.