El recuerdo de aquella noche de nieve continua es y será un inextinguible fuego en mi memoria. En aquel bosque gélido corrí sin saber donde esconderme, sin saber si podría alcanzar un lugar seguro antes que me atrapen. Las zancadas de mis cazadores se escuchaban cada vez más cercanas en la extrema oscuridad de los parajes. Temía el encuentro y el desenlace: un tiro en mi cabeza, mi cuerpo muerto sobre la hojarasca helada.
Corrí hasta tropezar y rodar por una pendiente y zambullirme en un rápido. Su corriente me movió hasta mis cazadores, quienes al descubrirme dispararon una y otra vez. Me sumergí y cuando ya casi no pude con la hipotermia, logré salir del río. Me encontré a la vera de una pequeña casa en la base de una montaña. Sus dos ventanales estaban apenas iluminados desde el interior, la nieve la bañaba mecida por el silbido suave del viento.
Tiritando de frío me acerqué a la puerta y golpeé. No tardó en aparecer un hombre que abrió la puerta diciendo -Adelante, hace rato lo esperaba-
-Estoy perdido y helado...- Dije temblando. Me dejó entrar y me llevó del brazo hasta la salamandra que irradiaba roja su calor.
-Necesita un poco del fuego de la grapa- dijo el hombre acercándose hasta un anaquel. Extrajo una botella negra de la cual sirvió en unos vasos sobre la mesa, me acercó la bebida y me la bebí con vigor. Lentamente quemó todo a su paso.
-¿Sabe?, No es el mejor momento del año para salir a pasear al bosque-.
-Salí a caminar en la ciudad, encontré el bosque y me perdí... ¿tiene más de esto?...-
-¡Ah!, la ciudad, conocí alguna gente de allí... Sí sí, espere- se acercó con la botella.
-Estoy de paso- comenté mientras acercaba el vaso.
-Esto le hará bien...- dijo y sirvió mas -tome, beba... ¿de donde viene?-
-Gracias, vengo de la capital...- en ese momento cayó un pequeño libro de mi bolsillo ensuciando el piso con el agua marrón del río.
-Libro, libra, labor, laberinto- jugó el hombre con las palabras.
Ya volví a sentir el aliento dentro de mí y me aventuré en el juego -Borges escribió que el laberinto da una idea de lo eterno-
-Como en Eclesiastés 3:11 (y disculpe que lo diga en Inglés, pero servirá a mi objetivo): ‘he has also set eternity in the hearts of men’: Que según nuestros textos en español dice ‘Él puso, además, en la mente humana la idea de lo infinito’- levantó su dedo índice indicando la importancia del pasaje.
-Creo que otra forma de traducirlo sería- conjeturé -’Él también situó la eternidad en el corazón del hombre’-
-‘Set’es raíz de ’Settler’- dijo el anciano -que eran los primeros colonos, sin mencionar el detalle que ‘earth’ es tierra-
-Solo con la ‘h’ permutada al final de la cadena... – dije y rematé –Que puede significar que los antiguos sajones pensaban que la tierra era el corazón del universo, o bien que Dios colonizó y
-Sembró en nuestro corazón- dijo en anciano.
-Sembró nuestro corazón en la eternidad- creí concluir.
-Y permutando el ‘en’ de su frase tenemos: Sembró en nuestro corazón la eternidad- sonrió satisfecho.
-Conquistó nuestro corazón como quien conquista tierra. La tierra sería entonces la eternidad, y como es tierra lo que Él quiere, y como esa tierra es el corazón del hombre, como del universo, es entonces el corazón del hombre lo que busca.
-Pero en ese análisis amigo mío, ¿quién es Él? ¿Quién conquistó nuestro corazón? ¿Quién quiere el Corazón del Hombre?-
-¿Dios?- Tenté.
-Por ejemplo, mire este libro- lo tomó de la mesa -se habla de Voltaire, el autor es Hayden Mason. Hayden viene de ‘hidden’, escondido, y nos da un
-Un tal Mason Escondido- añadí -que habla de un tal Voltaire
-Lea aquí: frecuentó el círculo de escritores de la société du temple.
-El pensamiento iluminista fue movido por esos muchachos– dije
–Nuestro Mason escondido es de la Universidad de East Anglia, que puede leerse como Aglie, supuesta reencarnación de Saint Germain- dijo el viejo de la casa de la montaña.
-No veo la relación entre Aglie, la Universidad, el descendiente de un Mason escondido y la Santa Hermandad?...
-Voltaire fue criado por Jesuitas
-¿Jesuitas?
-Usted ha vivido en el colegio Jesuita “Ignacio de Loyola” por la voluntad póstuma de sus padres, desde la temprana edad de los 6 años hasta los 18
-¿Y como sabe usted todo esto?- Atiné en mi tardía sorpresa de una trama de la historia que nunca vi.
-Porque Usted es escritor, amigo mío. Frecuentó a los Jesuitas y también a la société du temple-
-¿Y quien es usted? ¿Cómo sabe todo esto?- Me levanté dispuesto a escapar si sus movimientos eran extraños.
-Siéntese por favor, así podemos continuar charlando en paz- se acomodó al lado del fuego en un mullido sillón. Lo seguí vigilando y me senté exactamente frente a él. ¿El escenario estaba preparado? ¿Era yo una mera pelusa en un enorme espectáculo de frágiles marionetas de un master tácito?
-¿Cómo sabe todo lo que me dijo?- Apresuré.
-No importa tanto como sé lo pasado, sino el conocimiento del sentido, es decir, de porque todas las demás personas posibles no están aquí en este momento, como usted-
Me quedé pensando, mirándolo intentando advertir en lo profundo y diáfano de su mirada, un solo signo que aminore mi desconcierto. Afuera la nieve caía con furia ciega. Adentro el calor oprimía mi corazón.
-Advierta que en este momento- continuó el anciano -podría haber estado con cualquier persona. O incluso esa persona podría haberse ido. Pudo estar soleado o bajo lluvia. Sin embargo, nieva y usted disfruta conmigo esta grapa- movió su vaso con eco de brindis.
-¿Dónde quiere llegar?
-A que usted está aquí y deberá tomar una decisión trascendental en su vida–
-¿Cómo dice? –
-Y comienza ya- las puertas se abrieron y llenaron la habitación un grupo de hombres vestidos de negro, con largas túnicas y de tez morena. Todos me miraban expectantes de un algo que al parecer poseía y que ellos, en su afán de poseerlo también, daban vueltas al cielo y la tierra con tal de abusarlo, sin saber, la mayoría de las veces que era lo que profanaban. Pensaba que de un momento a otro, se tirarían sobre mí en busca de aquello anhelado.
El viejo de la montaña se levantó y amablemente extendió su brazo invitándome a entrar a otra habitación. No tomé su mano y me levanté sin dejar de contemplar a los más cercanos a mí. Así, di unos pasos y nadie me tocó, todos miraban como me desplazaba. Al salir me encontré con otro contingente de personajes de tez amarillenta y largas túnicas, estas anaranjadas y blancas.
Después de varios pasos bajo la nieve, recién entendí: en esa casa al pie de la montaña, en ese momento, estaban juntos musulmanes e hindúes, convergiendo en quien sabe que realidades. Fue entonces cuando el tercer grupo se acercó caminando por la tercera, de las cuatro lomas que daba origen al pie de la montaña, estos vestían también túnicas negras y una pequeña cruz de madera en sus pechos. Al pasar a mi lado, mi maestro y mentor tomó mi brazo y me susurró al oído -el necio cree más en lo que piensa, el sabio solo cree en lo que ve. No repitas lo que has visto ni lo que has oído, te darán por loco, o por buen cuentista, que en su defecto, no es poco partido de esto. Y para que no te vuelvas a perder, la calle que está a tu derecha, te llevará al pueblo y jamás te permitirá retornar- mirándome con ojos vidriosos y cómplice, me preguntó -O tal vez quieres quedarte con nosotros y saberlo todo- Sonrió expectante.
-Gracias, prefiero marcharme sin prisa y no quitarles más nada... pero ¿Los cazadores me dejarán llegar a casa en paz?-
-¿Cazadores?- Me miró desconcertado -Solo tenían órdenes de traerte hasta nosotros-
Me despedí del Jesuita, quien alcanzó a su gente ingresando en la casa. Para cuando llegó el cuarto grupo (estos eran hebreos) yo daba la vuelta y perdía de vista la casa. Luego de andar un rato descubrí que ya nadie me seguía, nadie deseaba mi muerte.
-La reunión de las Iglesias va comenzar- escuchó el apóstol al descender por la escalera secreta que conducía a la bóveda, donde desde el origen de los tiempos, se juntaban a deliberar.
-5000 años y aun perseguimos el mismo fin: el corazón del hombre-
Cuentos y Textos que fui escribiendo a lo largo del camino
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